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mi proximo reto es...
Maratón SEVILLA

miércoles, 30 de octubre de 2013

mi primer maratón, historia de una agonia, Rafa Torres

Hace unos dias leyendo en un foro de atletismo me encontré con esta historia, la superación de como llegar en un maratón a meta o sufrir demasiado, cada cual puede sacar su propia conclusión, lo que se es que no ha dejado indiferente a nadie y lo he querido compartir con todos vosotros. 

Me he puesto en contacto con el autor de esta crónica RAFA TORRES y esta es su crónica de su maratón.


Os voy a contar esta historia porque me quema dentro y me he dado cuenta de que cuando empiezo a compartirla con mi entorno me tratan como loco. O también como tonto.

Creo que no me entienden.

A lo mejor vosotros tampoco me entendéis, pero me la voy a jugar.

El 20 de octubre corrí mi primer maratón, en Palma de Mallorca. 

Practico enduro (moto de montaña); este es en realidad mi deporte. Para que os hagáis una idea una prueba del campeonato de España dura unas 6 horas, y en ocasiones la dureza es extrema. Como parte de la preparación física que se requiere empecé a correr, hace ya años. Tengo tres hijos y no dispongo de mucho tiempo para entrenar, así que ya se sabe que en cuestión de 90 minutos corriendo te has aplacado totalmente.
Ir a carreras de enduro me ha dado mucha cultura de sufrimiento; sé sufrir.

Además disfruto de la competición, contra mí mismo, contra los demás, contra todo. Está en mi filosofía de vida mantener un desafío permanente por cumplir.

En el año 2009 fuimos a ver correr a mi primo el maratón de Madrid. Aquel esfuerzo colectivo, y a la vez tan solitario, me impresionó. 
Y supe que mi sitio era estar corriendo, no mirando.

Fui a varios medios maratones, que resolví sin problemas, en el entorno de 1:43. Entrené específicamente para el maratón: tiradas más largas, series como un conejo en pistas de atletismo, sesiones de más de 30 kilómetros… La primera de éstas fue una ida de olla. Iba a hacer 32 kilómetros en la Casa de Campo; en el 31,5 no podía más y tuve que llegar al coche apoyándome en los árboles.
Ahí comprendí la dimensión de un maratón: mi primera estrategia era llegar a la mitad, seguir hasta el km 32 y luego hacer los últimos 10 por cojones.
Vi que esto no se podía resolver por cojones. O estás preparado, bien preparado, o no vas a acabar.

Cuando volví a casa, rotundamente apaleado, mi mujer me pidió que lo dejase, que no merecía la pena.

Descansé media hora, y le dije:

- Me voy a inscribir en el maratón, lo voy a correr, lo voy a acabar y te lo voy dedicar…

No se puso a llorar, ni me besó susurrando: “Oh!, me haces tan feliz…”

Mi cuñada se partía de risa.

Mis hijas miraban expectantes a ver cuál era el desenlace; el pequeño aún no se entera de nada.

Su contestación fue:

- No seas gilipollas…

Hice otra tirada de 32 kilómetros que ya sí aguanté, más series, adelgacé. Perdí opciones con la moto porque perdí volumen muscular. Me afilé. 

El 20 de octubre estaba listo.

El 20 de octubre estoy listo.

Palma de Mallorca. Bonita mañana de otoño veraniego.

A las 8 ya hay 20 grados. Humedad.

Sólo estiro, no corro para calentar. Voy a calentar en los primeros kilómetros de la carrera. No desperdiciaré ni un gramo de energía. 4 bolsas de gel, dos en el cinturón, dos en el bolsillo trasero de los pantalones Nike Dry Fit. Asics Nimbus que me ato 8 veces hasta que están a la presión justa.
Camiseta del medio maratón de Albacete, campeonato de España. Que sepan todos que no soy un novato. Gorra azul celeste para que se me reconozca.
Iphone en el brazalete del Decathlon. Runkeeper.

Soy lo que se dice un corredor típico…

Me sujeto en la salida. Siempre empiezo a fuego; he llegado a ponerme a 120 pulsaciones esperando ahí de pie, apretujado. Hoy voy sin pulsómetro, porque ya soy un experto y corro por sensaciones.

Música, aplausos, gritos. Muchos extranjeros. El speaker chilla en 4 o cinco idiomas distintos. Cuenta atrás.

Salida.

Por fin. Como cuando desencajonan a un pura sangre.

Quieto. Quieto. Despacio.

El objetivo es rodar sin jadear, no llegar al jadeo. Esto más o menos son mis 150 pulsaciones. Después el tiempo que salga; debería ir entorno a los 5:15 el kilómetro. 

Se hace el silencio y solo se oyen las pisadas. Ha llegado la hora de la verdad. 

Me deslizo con una facilidad pasmosa. Cada 500 metros el teléfono me dice la evolución. Estoy corriendo a 5 minutos el kilómetro casi sin querer.

Lo sabía!! Sabía que yo valgo para esto!! Vamos!. Llegamos al castillo de Bellver. Las subidas no me van. Aprieto. En la bajada un señor de unos de 60 años pilla a un grupo de otros tres un poco más jóvenes, pero poco.

- Coño Tomeu, me ganas en todas las carreras…

Tomeu corre con una camiseta de algodón de tirantes verde, muy de los ochenta. Las piernas arqueadas, el ritmo alegre. Muchos maratones. Contesta:

- Coño Toni!! Pues verás, al salir me he dado cuenta de que no llevaba el chip, he tenido que volver a mi casa, ponerlo y pasar otra vez por la salida, he perdido más de 20 minutos…

Muy cachondo Tomeu. Me da la risa. Estamos en el 8 o algo así.

En los avituallamientos bebo sin parar, sin atragantarme.

Paso el 10 en 49,50. Entramos en el casco antiguo.

Aquí hay rampas. Joder, y adoquines.

Bastante gente. Muchos guiris. Cuando el público aplaude, yo le aplaudo.

Paso el 15. 1 hora 15. Lo estoy clavando. Ya sabéis lo que pasa aquí: cálculos automáticos, hechos mil veces que salen solos: medio maratón a 1:45. Maratón completo a 3:30. UAU!!! Sudo bastante, pero voy bien.

En una bajada me dejo llevar, y surgen unas leves molestias en el talón. Siempre me duele si aprieto. Es normal. Soporto el dolor.

Ángulo recto. Subida. La calle se estrecha; el GPS falla por no encontrar los satélites entre los edificios.

Otra vez hacia abajo.

El talón me duele más.

Al acabar esa calle y antes de girar, siento cómo un rayo me atraviesa el pie.

Chillo de dolor.

Salto a la pata coja.

Casi me caigo. Oh no! Oh! No!!

Los maratones no tenían imponderables, no???

Voy a llorar. Creo que voy a llorar. Oh! No!

Calma. Rafa, calma. A ver. Camina.

OOOOh. Dolor. Dolor. Profundo e intenso. EN el talón, que se expande por la planta del pie y el tobillo.

Cálmate. Camina.

Intenta trotar un poco.

UUuuuuuuuuuooooooooooooo!!! Dolor.

Se me pasan por la cabeza todos los sacrificios de los últimos meses. Esto no puede acabar así.

Me aprieto los cordones con todas mis fuerzas para que me sujeten bien, aunque se me corte la circulación.

Decido correr duela lo que duela, a ver si mejora. No sé exactamente en qué kilómetro estoy.

El siguiente cartel que veo es el 18.

Buah! Cálculo rápido, automático: me quedan 24. Un disparate.

Me pasan los otros runners en oleadas, sin piedad. Voy renqueando. Un señor sensato que me adelanta me dice:

- Déjalo, no sigas, te queda mucho. Déjalo, es lo mejor.

Cuando alguien de fuera me dice eso tomo conciencia de la realidad del riesgo: puede que no acabe, y me pongo triste.

Muy triste.

Estoy en el pozo profundo y oscuro de la tristeza...

Engullo un sobre de gel, que no necesito, con la esperanza de que cambie algo en mi organismo y me recupere. Lo relaciono con el bienestar inmediato que provoca cuando estás cansado, y espero una reacción similar, que no se produce.

Sigo avanzando. Voy a intentar llegar al medio maratón, a ver si lo que quiera que me haya pasado se vuelve a encajar y me deja de doler. Paso tras paso, vamos.

He bajado mucho el ritmo, pero no dejo de avanzar, corriendo y cojeando. Hay muchísimo público, todavía fresco, que nos aplaude.
Yo ya voy mirando al suelo.

Hay un desvío para los que hacen los 21 kilómetros, y los de 42. Cojo el de 42. Al lado de la catedral de Palma.

Ahí decido que voy a seguir corriendo hasta que me desmaye de dolor.

La decisión es clarísima. Nítida.

Días después aún la sentiré como un fogonazo: si puedo poner un pie delante del otro y no me caigo al suelo voy a seguir.

Y sigo.

Tomamos una carretera abierta al tráfico por un carril, y el otro para nosotros. Que se aleja de la ciudad hasta el Arenal. La luz es blanca, y miro fijo dos metros delante de mí, al suelo. Trato de relajar el pie, de buscar un apoyo que no duela.
Hago toda la fuerza con la pierna izquierda, la sana.
El dolor cansa.
Cansa mucho.
Me animo sabiendo que no hay más cuestas, sólo hay que irse 10 kilómetros y volver otros 10. Es todo.
Vamos, un paso. Otro paso.

Los kilómetros van pasando. 

Cada paso me cuesta.

Cada paso es un martillazo sobre un clavo en el talón. Literal.

Martillazo.

Martillazo.

En los avituallamientos camino, y siento tanto alivio que me quiero tumbar, dormirme y olvidarme de todo.

Hemos llegado a la playa del Arenal. El público ya se empieza a fijar en mí. Creo que se nota que voy peor que el resto.
Cuando te aplauden más que a los otros en una carrera popular preocúpate: algo no va bien, porque si te aplauden más es porque les das más pena.

Kilómetro 30. Me propongo como objetivo no parar de correr hasta superarlo, pero no lo consigo. He de caminar un poco antes.

Puf. Esto va a ser largo. Bien largo.

Lo paso exactamente en 2:53 minutos; si hubiese mantenido los 5 lo hubiese hecho a las 2:30. Luego ya me derrumbaría, pero hasta ahí llegaba.

EL problema no es la hora de paso; de hecho me permitiría acabar por debajo de 4 horas, que es a lo que venía como objetivo mínimo. Sin embargo sé que esto va a ir a peor muy rápido, que me puedo ir olvidando de acercarme a los 6 minutos / km.

Hay nubes, y la mañana se ha vuelto blanca. Cegadora.

En el 32 ya no puedo correr más. Imposible. Cuando no apoyo el pie derecho y lo llevo por el aire, me va latiendo. La pierna izquierda está muy desgastada por el sobreesfuerzo. Me tomo dos sobres de gel. 

No sé muy bien para qué.

Maldiciendo sigo caminando. 

Otro cálculo rápido: a 6 por hora, que es la velocidad a la que camina un ser humano, me queda más de una hora y media. Y me parece que no puedo caminar como un ser humano, porque empiezo a no ser un ser humano.

Otro paso.

Otro paso.

Vamos.

Otro.

Qué horror.

Ahora vamos por un carril bici que tiene a la izquierda el mar y a la derecha bares con terraza, separados de mí por la cinta de plástico.

Me aplauden mucho, y miro a los que me aplauden a los ojos. Como voy tan despacio, y tardo tanto en pasar, al principio los aplausos son intensos, luego decaen, luego vuelven a cobrar intensidad.

Vamos. 

Vamos.

Otro paso.

Otro.

Ya apoyo el pie derecho muy abierto, no a propósito. Me cae así, y no le hago mucho caso. Como caiga me vale. El dolor se me extiende hasta la cadera y los riñones.

Sigo.

Me adelantan andando. 

Cuando me pasa el globo de las 4 horas es como si le diesen una bofetada a mi conciencia. Intento correr, pero noto mil amagos de calambres en la pierna izquierda y vuelvo a caminar.

En el 36 llamo a mi mujer, que me espera en la meta con mis dos hijas para entrar corriendo.
Siempre, cuando les aplauden, les digo que la gente aplaude el esfuerzo, que el esfuerzo tiene premio. Si se quedan con eso como aprendizaje, me vale. El esfuerzo me vale.

Al principio se asusta. La conversación es típica:

- Esto bien! No te preocupes, estoy bien. Creo que me he abierto el talón y no puedo correr; voy andando, me queda más de una hora.

Es lo que hay.

A lo lejos ya se ve la catedral… muy lejos. La sensación de impotencia es brutal: corriendo estaría en 20 minutos; hoy tardaré otra hora. No pares.
Otro paso.

Otro paso.

El globo de los 4:30 me golpea y me trae del nuevo al mundo. Me golpea de verdad, con un golpe de viento. Es curioso. Plonc!

Tío, qué despacio va.

En un arranque de furia, me digo que me voy a dejar el alma y lo voy a seguir.

Comienzo a correr; mi cuerpo chilla muy adentro.

A los 7 pasos, el gemelo izquierdo me salta y se sube. Caigo con el culo tratando de cogerme la punta del pie; no llego. 

Aúllo, chillo como un cerdo.

- Ayuda!! Ayuda!!

Varios corredores extranjeros pasan a mi lado y me esquivan, y es una señora la que me mira desde el paseo marítimo, y aprovecho ese contacto visual para salvarme:

- Señora por favor ayuda!!! Empújeme el pie! Solo un segundo!! Por favor!

Se me acerca, se le cae el bolso.

Trae cara de pánico. Poco daño le puedo hacer ahora, señora!!!

- Empuje el pie por favor!!

Le acerco la punta a la cara. Dios! El gemelo está durísimo. Noto cómo aprieta; en unos 7 segundos el músculo empieza a ceder.

Gimo. Aaaaarrrgggghh

- No se preocupe señora, apriete, sin miedo.

Si exploto y vuelo por los aires, pues mira, ya hemos acabado.

Ella me dice:

- Esto que hacéis no es normal, no es normal. No sirve para nada…
- Por favor, apriete.

Poco a poco el gemelo baja. Noto acalambrados hasta los dedos del pie; eso no me impide seguir, aunque duela.

Cuando la pierna deja de temblar, me levanto haciendo toda la fuerza con las manos, y salgo otra vez caminando. Giro la cabeza, sonrío, con la mueca que puedo a estas alturas y le digo:

- Señora, no la olvidaré… Gracias.

Se queda flipando. Ese idiota sigue andando??? 

Camino.

Un paso. Otro paso.

Otro. Otro.

Ahora tengo claro que no intentaré correr más hasta la meta para entrar con mis hijas. Estaría bueno que me diese otro calambre de esos ahí. Se llevarían un buen susto. Tendré que probar un poco antes.

El paso que llevo es muy lento. Llego a otra zona de bares, y de nuevo me empiezan a aplaudir.

Un señor de unos 50 años, con el pelo negro, y con barriga cervecera se levanta, se pone a mi lado a un metro. Parece inglés. Anda a mi lado.

Aplaude.

Lo miro, y creo que ni lo veo. Se me acerca a un palmo, sin dejar de aplaudir con mucha fuerza y comienza a gritar:

- FINISHER!!!! FINISHER!!!

Me acompaña un rato; después no me acordaré de cuánto exactamente pero bastante. Sigue gritando:

- FINISHER!!! FINISHER!!!

Supongo que debe ser emocionante porque se levantan aplaudiendo en muchas mesas; todos mis sentidos están en seguir, paso tras paso.

Es el kilómetro 40. Vamos. 

El móvil me dice que tardo casi 12 minutos por kilómetro. Encorvado, arrugado, derrotado.

Pero vivo todavía….Agonizando, pero vivo.




Por la noche, al volver a Madrid y quitarme el zapato, tenía el pie con dos moratones enormes, uno en el talón y otro bajo el tobillo, y un dolor atroz.

El lunes la doctora me preguntó:

- En qué kilómetro te pasó?

Le dije:

- En el 18.
- Y cuánto tuviste que caminar luego para retirarte?
- No me retiré. Seguí hasta el 42.
- No me lo creo, es imposible. Es un dolor insoportable. Tienes el músculo de la fascia plantar roto.
- Acabé; llegué al 42. Era mi primer maratón.
- En cuanto tiempo?
- En total tardé 4 horas y 53 minutos.
- Es imposible. Tomaste algún tipo de calmante o droga?
- No. 
- Y cómo lo hiciste?? Por qué lo hiciste??
- Lo hice porque estoy loco…

Esto es lo que sucedió. Los 10 kilómetros que hice caminando por el paseo marítimo de Palma quedarán en mi interior, para siempre. Lo que sufrí ahí, durante esas casi dos horas, sólo lo sé yo.

No sé por qué lo hice. Lo que sí sé es que la decisión fue muy clara y rotunda: no voy a parar hasta que me desmaye.

Entré con mis hijas en meta, corriendo. Y les dije que nos aplaudían por el esfuerzo, que el esfuerzo siempre tiene premio.

Siempre.

Luego le colgué la medalla de finisher a mi mujer. Es su dedicatoria.

Ya estoy inscrito para el maratón de Sevilla. Es en febrero.

Nos vemos corriendo.